11 ene 2010

CAPÍTULO 6: DE NUEVO EN LIVERPOOL


Tras la desconexión navideña tocó volver a mi nueva ciudad. Cada día tengo más claro que como en el hogar en ningún sitio… Venir en septiembre no fue difícil pero hacerlo en enero lo ha sido mucho más de lo que imaginaba. De nuevo en la rutina, de nuevo en una casa que no se puede llamar hogar, de nuevo en la mala alimentación, de nuevo en el frío… Y, para más inri, un viaje catastrófico, difícil de olvidar…

En un año donde el temporal no hacía más que sorprender a medio mundo con intensas nevadas yo vivía una de estas en el aeropuerto de Madrid Barajas. Llevaban días avisando de la bajada de las temperaturas y del temporal. Las imágenes que enseñaban los medios no dejaban lugar a dudas. Se hablaba del peor temporal en los últimos treinta años (aunque a mi me da la sensación de que todos los años es el peor temporal…) Cientos de personas esperaban impacientes en sus casas a que éste menguara, y los que como yo no estábamos en casa, vivíamos como podíamos nuestra odisea esperando a que un medio de transporte pudiera llevarnos a nuestros destinos. Miraba por los grandes ventanales del aeropuerto y sólo veía oscuridad… la noche caía y ya no era posible distinguir los copos de nieve cayendo… sólo un cielo gris, con nada enfrente.

Antes de encaminarme al aeropuerto miré una y otra vez en la página web de la compañía aérea con la que volaba debido a la multitud de vuelos que habían sido cancelados con anterioridad. El mío no aparecía en la lista. Al llegar ahí pregunté a uno de los miembros de ésta y me informó de que probablemente voláramos con retraso. Pasa la primera hora y nadie nos informa, sólo la pantalla con el nombre de la ciudad nos dice lo que ya todos sabemos: el vuelo está retrasado.

Unos empiezan a hablar con los otros. La gente hace grupitos. Busca cómo pasar las horas. Otros leen. Unos pocos estudian. Otros como yo sacan el ordenador (pero encima no hay wifi GRATIS en los aeropuertos). Y unos pocos que se limitan a pasar el tiempo. Me pregunto si toda esta gente que habla los unos con los otros se seguirán hablando una vez subidos al avión. Miro a la gente y veo caras de cansancio, de resignación, de enfado, pero también alguna que otra sonrisa. Lo peor es para los padres que van con sus niños pequeños… ellos sí que están cansados y buscan como entretener a sus criaturas. Se nota la facilidad de estos para jugar unos con otros, incluso aunque no tengan el mismo idioma.

Por fin aparece un miembro de la compañía, para avisarnos que (vaya sorpresa) el vuelo está retrasado y que podemos ir a tomar un snack gratis a una de las cafeterías que está al lado. Empiezo a hablar con dos chicos que, al igual que yo, esperaban sentados en el suelo una respuesta. Uno va a Leeds, el otro a Liverpool. Los nervios empiezan a atacarnos a todos. El de Leeds le pregunta a la azafata si puede recuperar su maleta a pesar de haber pasado el control, no va a esperar tanto tiempo. Ante la respuesta positiva de ésta nos deja, tirados en el suelo a Quique y a mí. Quique está de erasmus en Liverpool, estudiando filología inglesa. El no puede cambiar el vuelo porque a la vuelta le esperan los maravillosos exámenes. Es moreno, alto, delgado, tiene agujereadas las orejas y su estilo de vestir es rapero. Nos contamos un poco nuestra vida hasta que aparece un chico con el que había hablado en la cola de la facturación. Diría que quiere entablar conversación puesto que la pregunta que me hace es un tanto estúpida y hacía cinco minutos había pasado a mi lado dos veces… Se sienta a mi izquierda, ahora tengo a los dos a cada lado. El nuevo se llama Nico y está haciendo un master en matemáticas en Manchester. También es moreno, delgado pero no tan alto como Quique y diremos que su estilo era más bien pijo. Mientras tanto el vuelo se ha vuelto a retrasar, ahora hasta las nueve…

“Amablemente” la compañía aérea nos da gratis unos bocadillos y bebidas, así consiguen calmarnos un poco los ánimos. Las horas pasan y los temas de conversación varían constantemente. Es curioso cómo en situaciones así la gente tiene facilidad para hablar con los demás. Si no hubiera habido retraso estoy segura de que prácticamente nadie habría hablado con nadie. Pero de repente, todos somos amigos. Todos estamos indignados. Todos nos intentamos ayudar en todo lo que podemos. Y así aparece de nuevo un miembro de la compañía para decirnos que, por fin, la gente que esperaba a coger su vuelo en Liverpool rumbo a Madrid ha podido hacerlo, así que sólo toca esperar a que lleguen… Eso sí, no han salido a la hora que tenían y por ello nosotros no embarcaremos hasta las 12 y media de la noche…

¡Qué momento en el que les vimos aparecer! Un cristal separaba los pringados que venían de Liverpool de los que íbamos. La gente se puso a aplaudir. Los del otro lado levantaban las manos en símbolo de victoria. Nos daban ánimo, pero ya nada importaba. Habíamos conseguido sobrevivir nueve horas en el aeropuerto… Ya sólo tocaba subir al avión… Mucha gente había ido cayendo por el camino, principalmente la gente con niños pequeños. Si para mí fue duro imaginaros las madres con los bebés.

Eso sí, pensábamos que el grupo de niños que se encaminaban a un internado aquí estaría por fin rendidos y se quedarían quietos un rato, pero no fue así. Encima nos tocó sentarnos cerca suyo y aguantar sus historias (por cierto, iban ya con el uniforme puesto…). Yo no les echaba más de 13 años, y estos incluso menos. Y sus conversaciones ya giraban en torno a temas como sexo. El mejor momento fue cuando uno de los chicos le preguntó a Carlota (que debía ser la niña guay/popular del colegio) cómo es que “después de haber dejado preñada a Lidia” había podido salir con no sabemos qué chico… Las nuevas generaciones vienen demasiado adelantadas.

Y, ¡milagro!, a las dos y media de la madrugada (hora local, tres y media hora española) aterrizamos en el aeropuerto John Lennon. Bajamos del avión y nos recoge el autobús. Llegamos al edificio donde nos espera la aduana. Damos nuestros pasaportes/DNI y llegamos a la recogida de maletas. Y, ¡milagro otra vez! Por primera vez en mi vida la maleta nos está esperando… ¡Nunca me había pasado eso! Estoy sorprendida… Ya sólo queda coger un taxi. Quique y yo nos despedimos de la gente, llamo a Delta y salimos a esperar al señor taxista que viene a recogernos. La nieve dificulta el arrastre de las maletas y aún más la conducción. El taxista va muy lento, pero lo prefiero, porque el hielo y la nieve son muy bonitos, pero no dan mucha seguridad. Por fin llegamos a mi casa, donde me bajo y me despido de Quique. Ahora sólo me queda andar con la maleta hasta entrar en casa. Un par de veces estoy a punto de resbalar pero consigo llegar hasta la puerta, entrar y subir las cosas. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué mal huele mi cuarto! Se nota que nadie ha entrado a limpiarlo ni ventilarlo… Me da igual, llevo más de 13 horas para llegar a casa, estoy cansada y con frío. Sólo pienso en meterme en la cama. Ha sido un día realmente duro…

1 comentario:

  1. holaa beita ya soy una fiel seguidora de tus andanzas! cuidate por esas tierras, no nos eches tanto de menos y aprovecha tus días!!!! un besazo desde madrid, la city, your city!!

    ResponderEliminar